3.10.14

Juan José Saer

El viajero

Rompió el reloj               el vidrio que protegía el gran cuadrante en el que los números romanos terminaban en unas filigranas prolijas                       delicadas                  lo diseminó sobre el montón de ceniza húmeda que dos noches atrás había sido la hoguera temblorosa que él mismo había encendido

Estuvo acuclillado un momento                        entregado al trabajo pueril de espolvorear de vidrio la masa grisácea y pegoteada de la ceniza después se paró y miró a su alrededor

La llovizna seguía       impalpable lenta       adensándose        pareciéndose más y más a la niebla a medida que se alejaba hacia el gran horizonte circular

Su cara permaneció más dura y más tranquila que si la hubiese alzado para mirar la hora en el Big Ben

Estaba tan acostumbrado a esa llanura que parecía retroceder a medida que él avanzaba que sentía por momentos la ilusión de no progresar     se había familiarizado tanto con ella y al mismo tiempo se concebía a sí mismo como un hombre tan resignado y gentil       que el hecho de vagabundear por ella desde hacía cinco días                      su caballo había tropezado en un agujero                          se había quebrado la pata delantera                 el hecho de dar vueltas en redondo sin poder encontrar un punto de referencia                   un rancho un árbol             ni la posibilidad de guiarse por las estrellas porque apenas si había dejado de lloviznar unas horas en cinco días y en todo caso en ningún momento el cielo se había despejado               el hecho de estar perdido en la llanura                      sin nada con qué alimentarse sin hablar otra cosa que inglés sin haber visto nada viviente como no hubiesen sido unos pájaros           negros rígidos altos                        en el cielo
que emigraban             no parecían producir en él ningún sentimiento            la comprobación serena              la desesperación fría             la perplejidad

Un momento antes de romper el reloj la perplejidad creció un poco
descubrir que después de caminar dos días parándose únicamente de tanto en tanto para jadear más cómodo               se llegaba otra vez al punto en que la tregua de la llovizna había permitido encender una hoguera débil con la esperanza de que alguien divisase su resplandor              la perplejidad creció un poco instalándose en su cara bajo la forma de una semisonrisa

Nadie había divisado nada             ni la hoguera que había encendido ni las otras hogueras                       la cara rojiza las ojeras azuladas                   los cabellos color zanahoria rodeando la gran frente y la coronilla calva               el agua implacable las hace relucir

Está otra vez en el punto de la hoguera         sacó el reloj de su bolsillo     lo rompió         diseminó los pedacitos de vidrio sobre la ceniza       acuclillado

Se paró y miró el horizonte             el pajonal            no sabía que se llamaba así              se  extendía hasta  el horizonte            gris parejo        monótono

Le llegaba a la altura de las caderas

A veces          entre las matas había claros estrechos                     estrictos
un hombre podía tenderse y desaparecer                     había que estar ahí para saber que existían

Cuando avanzaba las hojas filosas se abrían chasqueando     se cerraban por detrás            se paraba           se daba vuelta               ni rastro de su paso
estaba dado vuelta           no notaba ninguna diferencia                        ninguna           
su lengua su recuerdo decían me he dado vuelta                      me he dado vuelta no estuve todo el tiempo mirando en esta dirección

No se percibe la más mínima diferencia

Es exactamente igual            la lluvia más transparente o más densa ya está más lejos o más cerca del horizonte       el cielo gris                bajo                       el pajonal no sabía que se llamaba así      hasta el horizonte           gris parejo monótono

Razonable y gentil acepto            me he dado vuelta                      estoy en otra dirección    ahora giro otra vez              estoy de nuevo en la antigua        yo creo              persevero                Jeremy Blackwood en nombre de la Compañía establece los puntos cardinales                        encontrará el saladero

Miró el montón de ceniza                el reloj roto           diseminado      siguió caminando

Anduvo un tiempo incalculable            negrura más pareja todavía que el pajonal más densa que la llovizna                          chasquido de las hojas flexibles          se hundía hasta las caderas               sonaba y resonaba en la mente en el recuerdo           durante             horas              incluso y más si se paraba un momento no dejó grieta              el silencio no se pudo colar
Un chasquido seco terminando en una especie de deslizamiento    al volver hacia atrás las hojas desplegaban   ese   sonido   y   lo  hacían   cimbreante   y resonante

Amaneció

Todo sigue ahí       idéntico           férreo           implacable           la llovizna el cielo el horizonte el pajonal

Sé que avancé       la Compañía desde Londres        sabe que caminé que avancé         veo              en el alba         un punto idéntico a los otros               un punto idéntico               no el mismo           estoy seguro                      es mi propia palabra contra los pajonales el cielo el horizonte la llovizna

Jadea        

Está todo mojado              el sacón de cuero            retorcido pegoteado al cuerpo            el agua            chorrea                         por la cara            los cabellos rojos color zanahoria             oscurecidos llameantes

Caminó todo el día             voy a parar cuando el agua pare             parándose únicamente para jadear                  llegó la noche y la llovizna

Paró

Se dejó caer hacia adelante                        sobre los pajonales que se abrieron y se cerraron como un látigo

Quedó dormido            inmóvil

Al alba únicamente el sueño se desplegó    un abanico           fosforescente vio Londres            flotando             iluminada como una catedral transparente         Londres            ladrillos rojos            el ruido de los coches de los caballos resonando sobre el empedrado                        gritos de comadres de ventana a ventana         mercados           pirámides truncas de tomates              pescados blandos blancos abiertos como en los mostradores de las pescaderías                    reses rojas mujeres          cangrejos todavía vivos arrastrándose                              impúdicas descuartizadas             prostitutas mostrando sus senos manchados de pecas                        chicos corriendo entre los vendedores ambulantes           la música de las tabernas y de los mendigos ciegos elevándose por encima de la muchedumbre

Se despertó inmóvil                           la cara aplastada contra los pajonales se movió un poco        los oídos todavía cerrados                 la sonrisa deshecha por la posición y por el estremecimiento

Llegaré al saladero porque la Compañía me eligió               digno honrado predestinado             Jeremy Blackwood pelirrojo y gentil con la razón y la memoria de su parte           para vencer         la tentación de lo idéntico de lo inmóvil

Bendita sea Londres

Bendita sea la muchedumbre que camina por sus veredas benévolas

Bendita sea la luz que sale por las ventanas de sus casas

Benditos sean el ruido y el color de las ciudades

Jeremy se sentó          despacio                se quedó un momento con los ojos abiertos     orgullosos

Baja la cabeza y ve otra vez                       el montón de ceniza           negruzco     los fragmentos de vidrio diseminados                   el reloj roto abierto                  el gran cuadrante circular en que los números romanos terminan en unas filigranas prolijas             delicadas

Gloria

A los viajeros ingleses y sobre todo

Gloria

A Jeremías Blackwood que no dejó ni rastro de su viaje






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